sábado, 13 de agosto de 2011

Sofoco

Caminaba bajo el son inclemente de esta aburrida y necia ciudad. Entré al centro comercial de costumbre, todo parecia ajeno a mi, los sonidos, los olores, abstraida con mi mente en eso, en ese ser, tenía la sensación de estar a destiempo, de estar y no estar. Me detengo en el cajero, una lágrima inoportuna corre entre mi rostro y mis inmensos lentes oscuros, espero, llego al cajero, saco el dinero. Sigo caminando por el centro comercial pensando, haciendome un resumen de todo lo acontencido en estos últimos años. De repente sin ton ni son han aparecido los peores recuerdos, como si juntos se mataran entre si a ver cual se llevaba el primer premio, aparecieron mentiras, que se volvieron verdades, dudas que se aclararon, desaciertos que acertaron, todo empezó a tener sentido. Compré lo que iba a comprar, observe algo en una vitrina, la película en mi cabeza se detuvo. Me quede observando, era un teléfono.
-Pronto se acerca su cumpleaños, me habría gustado regalarselo- De pronto algo le dío play a la pelicula nuevamente. Todos empezaron a matarse otra vez entre si, los silencios, el dolor, la decepción a ver cual lograba el primer lugar. Seguía caminando, salí al estacionamiento, el sol inclemente fundío dos lágrimas más, imprudentes ellas que se atrevieron a molestar. Me sentía sofocada, no podía llorar ni hablar, un dolor me estremeció, el aire empezo a faltarme, sentía que me ahogaba, algo había pasado dentro de mi y no comprendía qué era, algo había entendido lo más profundo de mi pero no sabía qué era, algo había encontrado, algo se había destapado, algo había descubierto. Un escalofrío invadió mi cuerpo, lo reconocí, ya lo había sentido antes, era el cruento demonio de la tristeza y la amargura invadiendo mi cuerpo. Sereno, delicado y sigiloso, ha conseguido ocurrucarse nuevamente a un lado de mi corazón, él susurra culposo: -No hay que darle rienda suelta al amor-

Iv Molina

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